Timeo
Timeo
Entre todos los diálogos de Platón —esa biblioteca parlante donde Sócrates nunca calla del todo— hay uno que parece salirse del libreto habitual. No por su falta de verbo, sino por su exceso de cosmos: el Timeo. Aquí, el filósofo deja de interrogar a los ciudadanos de Atenas para escuchar, casi en silencio reverencial, a un pitagórico que parece haber leído el manual de instrucciones del universo antes de nacer.
Timeo, nuestro narrador, no dialoga: declama. Y lo que expone no es poca cosa. Se lanza a explicar nada menos que el origen del mundo, la estructura del alma, la composición de los elementos y la aritmética secreta de la realidad. No es un diálogo, es una sinfonía especulativa. Y como toda sinfonía, tiene su ritmo, su melodía y su dosis inevitable de misterio.
El corazón del asunto late con una figura insólita: el demiurgo, ese artesano cósmico que no crea de la nada, sino que ordena el desorden. No es un dios omnipotente, sino un geómetra paciente. Como un jardinero que no inventa las flores pero las organiza según un plano divino, el demiurgo de Platón se enfrenta a una materia caótica y le impone proporción, simetría, armonía. No crea, organiza. Y su modelo no es otro que el mundo de las Ideas: esas formas eternas que Platón adoraba con devoción casi fetichista.
Pero antes que cuerpo, el cosmos tiene alma. Porque, para Platón, el universo no es una máquina, sino un ser vivo. Una criatura dotada de alma inteligible, hecha con la mezcla exacta de lo mismo y lo otro (como un cóctel metafísico perfectamente agitado). Esta alma cósmica fue creada antes que el cuerpo del universo, porque —en una inversión deliciosa del relato bíblico— para Platón, el alma no habita el cuerpo: lo antecede y lo modela.
Y aquí aparece otro elemento que haría sonreír a cualquier físico moderno (o suspirar, según el ánimo): la geometría. Los cuatro elementos —tierra, agua, aire, fuego— no se entienden como sustancias toscas, sino como estructuras elegantes formadas por poliedros regulares. Sí, el universo platónico es un origami divino, donde cada cosa tiene ángulos, aristas y razón de ser. En ese mundo, la belleza se mide en proporciones, y la materia se pliega con precisión matemática.
Timeo no se detiene en los astros. También se aventura en el cuerpo humano, en los sentidos, en la enfermedad. Lo físico y lo metafísico se entrelazan como si fueran hilos de un mismo telar. De hecho, podríamos decir que este diálogo es menos una explicación y más una cosmogonía razonada: un intento de hacer que la ciencia baile con el mito sin pisarse los pies.
A lo largo de la historia, el Timeo ha seducido a neoplatónicos, alquimistas y científicos. En el Renacimiento, fue casi una biblia subterránea para quienes buscaban en la naturaleza una partitura divina. ¿Y cómo no iba a serlo, si propone una visión del universo donde las matemáticas tienen alma y el alma tiene forma?
En tiempos donde el caos parece el único demiurgo visible, releer el Timeo es una provocación: ¿y si el universo aún conserva un orden secreto? ¿Y si la razón, la belleza y la proporción no son accidentes, sino huellas de un arquitecto que nunca firmó su obra?
Sinopsis de Timeo
Escrito al final de la vida de Platón, el Timeo relata una discusión que habría tenido lugar entre 430 y 425 a.C y debiera formar parte de una triología que describe el origen del universo. Este libro se compone del texto griego del Timeo, de su traducción castellana, acompañada de una introducción, una bibliografía, una cronología y unos índices de nombres propios y de términos y de temas, confeccionados expresamente para esta edición bilingüe, además de las notas a la traducción y los anexos, elaborados por Luc Brisson
Timeo
| Autor | Platón |
|---|---|
| Portada | Ver portada |
| Editorial | Abada Editores |
| Año | 2021 |
| Idioma | Español |
| Encuadernación | Tapa blanda |
| Nº de páginas | 478 |
| ISBN | 9788496775916 |
Platón

Atenas, 427 - 347 a. C.) Filósofo griego. Junto con su maestro Sócrates y su discípulo Aristóteles, Platón es la figura central de los tres grandes pensadores en que se asienta toda la tradición filosófica europea.
Sus reflexiones sobre el alma
Existe un mundo inteligible, el de las Ideas, que posibilita el conocimiento, y un mundo sensible, el nuestro. Esa misma dualidad se da en el ser humano. El hombre es un compuesto de dos realidades distintas unidas accidentalmente: el cuerpo mortal (relacionado con el mundo sensible) y el alma inmortal (perteneciente al mundo de las Ideas, que contempló antes de unirse al cuerpo).
El cuerpo, formado con materia, es imperfecto y mutable; es, en definitiva, igual de despreciable que todo lo material. De hecho, la abismal diferencia entre el nulo valor del cuerpo y el altísimo del alma lleva a Platón a afirmar (en el Alcibíades) que "el hombre es su alma". Frente a la tosca materialidad del cuerpo, el alma es espiritual, simple e indivisible. Por ello mismo es eterna e inmortal, ya que la destrucción o la muerte de algo consiste en la separación de sus componentes. Las diversas funciones del alma confluyen en sus tres aspectos: el alma racional (lógos) se sitúa en el cerebro y dota al hombre de sus facultades intelectuales; del alma pasional o irascible (zimós), ubicada en el pecho, dependen las pasiones y sentimientos; y de la concupiscible (epizimía), en el vientre, proceden los bajos instintos y los deseos puramente animales.
Platón explicó el origen del alma mediante el mito del carro alado, que se encuentra en el Fedro. Las almas residen desde la eternidad en un lugar celeste, donde son felices contemplando las Ideas; marchan en procesión, cada una de ellas sobre un carro conducido por un auriga y tirado por dos caballos alados, uno blanco y otro negro. En un momento dado el caballo negro se desboca, el carro se sale del camino y el alma cae al mundo sensible.
Es decir, las almas se encarnaron en cuerpos del mundo sensible por una falta de su aspecto concupiscible (el caballo negro; el blanco representa el pasional o irascible), que la razón (el auriga) no pudo evitar. El alma, pues, se halla encarnada en el cuerpo por una falta cometida; de ahí que el cuerpo sea como la cárcel del alma. La unión de alma y cuerpo es accidental (el lugar natural del alma es el mundo de las Ideas) e incómoda.
El alma se ve obligada a regir el cuerpo como el jinete al caballo, o como el piloto a la nave. Sin embargo, su aspiración es liberarse del cuerpo, y para ello deberá aplicar sus esfuerzos a purificarse. Las almas que logren tal purificación regresarán al mundo de las Ideas tras la muerte del cuerpo; las que no, irán a la región infernal del Hades, donde, tras un período de tormentos (específicos para cada alma según las faltas cometidas), se les permitirá elegir un nuevo cuerpo en el que reencarnarse.
Fuente: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/platon.htm






