
Llega el fin de año y con él ese desfile de abrazos, brindis y conversaciones que prometen alegría… y suelen traer, de regalo, una buena dosis de cansancio emocional. En esas semanas donde el calendario se vuelve un campo minado de encuentros, uno se convierte —sin quererlo— en un imán de energías ajenas: emociones, nostalgias, ansiedades que se entrelazan como luces navideñas, bellas pero enredadas.
Proteger tu energía no es encerrarte en una torre de cristal, sino aprender a sostener tu centro en medio del ruido. Es la forma más elegante de decirte: “sí, puedo estar con otros, pero sin perderme a mí mismo.”
Reconoce tus límites
El cuerpo habla, aunque rara vez lo escuchamos. Esa tensión en los hombros, ese cansancio sin explicación después de una reunión… son mensajes, no defectos. Decir “necesito un momento” no es debilidad, es higiene emocional. En un mundo que glorifica la disponibilidad perpetua, saber retirarse unos minutos es casi un acto revolucionario.
Al fin y al cabo, nadie puede ofrecer luz si se le apaga la vela.
Establece una intención antes de socializar
Antes de lanzarte al torbellino de risas, selfies y brindis, tómate un respiro. Cierra los ojos y susurra, aunque sea mentalmente:
“Elijo compartir desde la calma y mantener mi energía en armonía.”
Esa frase, sencilla pero poderosa, actúa como una brújula invisible. Te recuerda que puedes estar en medio del caos sin convertirte en parte de él.
Respira como si fuera un arte
La respiración es la diplomacia del alma: negocia entre lo que entra y lo que debe salir. Cuando sientas que el ambiente se vuelve denso, respira profundo, con intención. Imagina que inhalas luz y exhalas lo que no te pertenece.
Es un gesto simple, pero capaz de convertir un momento incómodo en una tregua interior.
Visualiza tu espacio energético
Imagina una burbuja de luz dorada envolviéndote, no como un muro, sino como un abrazo luminoso. Esa imagen no te separa del mundo: lo filtra. Permite que lo bueno entre y que lo demás se disuelva sin drama.
Cada saludo, cada abrazo, puede entonces ser un intercambio limpio, sin desbordes. Como si tu energía aprendiera a decir “gracias” y “basta” al mismo tiempo.
Limpia y recarga tu energía después del ruido
Al volver a casa, deja que el agua se lleve lo que sobra. Lava tus manos, cámbiate de ropa, enciende una vela, pon música suave. No es superstición: es psicología ritual.
Son gestos mínimos que marcan un cierre, una frontera entre el afuera y tu paz.
Epílogo: mantener la luz encendida
Cuidar tu energía no es egoísmo: es una forma serena de amor propio.
Porque solo quien se siente en paz puede dar sin agotarse, escuchar sin perderse, abrazar sin disolverse.
Protegerte no es cerrar tu corazón, sino aprender a mantener la lámpara encendida mientras compartes su luz.
Y, al final, ¿no es eso lo que más necesita el mundo? Personas que brillen… sin quemarse.





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