Experiencias cercanas a la muerte: ¿qué nos revelan sobre el alma? 

Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM) - Recreación del túnel de luz

Las experiencias cercanas a la muerte (ECM) siempre han tenido un extraño prestigio: ni del todo científicas ni del todo místicas, se pasean entre hospitales y templos como invitadas incómodas en ambas casas. Personas que estuvieron a un suspiro de la tumba –o que incluso la rozaron con un pie– regresan contando historias que parecen más propias de Dante que de un parte médico: túneles de luz, reencuentros con familiares difuntos que curiosamente siempre aparecen rejuvenecidos, y esa sensación de paz tan intensa que uno se pregunta si la vida no será, en realidad, el verdadero purgatorio. 

¿Qué son realmente las ECM? 

Podríamos decir que son relatos de frontera: de ese limbo donde el corazón se detiene, el cerebro titubea y, sin embargo, la conciencia parece estar más despierta que nunca. Entre los ingredientes comunes del menú están: la flotación fuera del cuerpo, la revisión exprés de la vida propia (como si fuera una película de bajo presupuesto proyectada a velocidad absurda), la famosa luz al final del túnel y la sensación de haber encontrado, por fin, el botón de “modo avión” para el alma. 

Y aunque cada testimonio tiene su matiz, lo cierto es que la mayoría de los protagonistas regresan con la certeza de haber visto algo más grande que ellos. Algo que relativiza cuentas bancarias, diplomas universitarios y peleas familiares. 

El alma: ¿inquilina o propietaria del cuerpo? 

Quienes pasan por una ECM suelen regresar convencidos de que el cuerpo es apenas un traje alquilado para esta temporada vital. La conciencia, aseguran, no se rinde ni siquiera cuando las máquinas dicen “game over”. ¿Ilusión bioquímica? ¿O evidencia de que somos más que carne y electricidad? Esa tensión entre lo material y lo trascendente ha alimentado bibliotecas enteras y, aun así, seguimos sin acuerdo. 

Lo interesante no es solo el misterio metafísico, sino el efecto práctico: tras una ECM, muchos viven con menos miedo y más compasión. Como si hubieran regresado de un viaje a otro continente con souvenirs invisibles: paz, gratitud y un sospechoso desinterés por las trivialidades. 

Ciencia y espiritualidad: un matrimonio forzado 

La ciencia, claro, no se queda callada. Habla de anoxia cerebral, descargas eléctricas y cócteles de endorfinas que producen visiones. La espiritualidad, por su parte, insiste en que lo inmaterial se escapa de las gráficas y los escáneres. En vez de enfrentarlas, quizá podríamos aceptarlas como dos narradoras distintas contando la misma obra: una con bata blanca, otra con incienso. 

¿Qué podemos aprender sin tener que morir primero? 

Aunque no todos hemos rozado la frontera, sí podemos apropiarnos de esas lecciones indirectas: vivir con más gratitud, abrazar con más urgencia, soltar lo que no pesa más que en la vanidad. En definitiva, actuar como si supiéramos que la vida no es infinita (lo cual, spoiler alert, es exactamente el caso). 

Epílogo en clave humana 

Las experiencias cercanas a la muerte no confirman ni niegan dogmas, pero sí incomodan certezas. Nos recuerdan que el tiempo aquí es prestado y que quizá lo importante no sea responder qué hay después, sino cómo elegimos vivir antes. 

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