Fedón
Fedón
Cuando uno piensa en las últimas palabras de un condenado a muerte, imagina súplicas, lamentos o, al menos, una rabia digna. Pero Sócrates, ese viejo ateniense con cara de sileno y verbo de rayo, decidió convertir su final en una clase magistral. Nada de dramatismo. Solo filosofía destilada con la calma de quien sabe que lo importante no es evitar la muerte, sino merecer la vida. Y en Fedón, Platón se encargó de dejar constancia de esa extraña serenidad: un hombre a punto de morir que, lejos de llorar su suerte, se dedica a discutir –¡con entusiasmo!– la inmortalidad del alma.
El narrador del diálogo es Fedón, discípulo y testigo, una especie de reportero del más allá, que relata a otros seguidores cómo su maestro se enfrentó a la muerte como quien cambia de habitación: con la ligera incomodidad del tránsito, pero sin miedo. Para Sócrates, morir no era un final, sino un regreso. No un abismo, sino un despertar. No una pérdida, sino un reencuentro con la verdad.
Durante el diálogo, el filósofo despliega sus argumentos con la precisión de un cirujano metafísico. Habla de la teoría de la reminiscencia —esa idea tan hermosa como inquietante de que aprender es recordar lo que ya sabíamos antes de nacer—, plantea la alternancia necesaria entre vida y muerte como si fueran estaciones del alma, y defiende que lo simple e inmaterial —como las almas, claro— no puede deshacerse como un cuerpo ni pudrirse como un melón olvidado. En otras palabras, lo verdaderamente real no muere. Solo se transforma. Como una mariposa, pero sin alas ni antenas.
La atmósfera del diálogo tiene la calma de un templo y el peso de un adiós definitivo. La cicuta circula lentamente por el cuerpo de Sócrates mientras las ideas fluyen con más fuerza que nunca. El cuerpo —ese estuche molesto, según él— se apaga, pero el alma se prepara para su liberación. Platón no esconde su simpatía por este dualismo: el cuerpo como cárcel y el alma como pájaro preso que, por fin, encuentra la rendija para escapar.
Pero Fedón no es solo un tratado sobre la inmortalidad, es una reivindicación de la vida filosófica como ensayo general de la muerte. Para Sócrates, filosofar es morir cada día un poco: desprenderse de los placeres, del miedo, del ego, de la carne… hasta quedar reducido a lo esencial. Así, el verdadero filósofo no teme morir porque ya ha comenzado a hacerlo en vida. Es un entrenamiento existencial. Como si la sabiduría fuera un arte marcial del alma y Sócrates, su cinturón negro.
Lo asombroso del diálogo no es solo lo que se dice, sino cómo se dice: con una calma que no parece de este mundo, con una lógica que abraza el misterio, con una ternura que desarma incluso a los escépticos. Al final, Sócrates bebe la cicuta y muere sin aspavientos, rodeado de discípulos que lloran más por ellos que por él. Y así, muere naciendo. No se va: asciende. No desaparece: se convierte en símbolo.
Con Fedón, Platón no solo nos da una doctrina filosófica: nos entrega una imagen imposible. La de un hombre que, frente a la muerte, no se encoge ni huye. Piensa. Argumenta. Sonríe. Y al hacerlo, convierte el morir —esa catástrofe universal— en una forma de esperanza.
Sinopsis de Fedón
Ningún diálogo de Platón (c. 427 – 347 a. C.) ha sido tan leído, estudiado y comentado a lo largo de la historia como Fedón, que no es una mera serie de preguntas y respuestas sin otro objeto que poner en evidencia el error de una teoría o la verdad de un principio, sino una composición de distinto género, en la que, en medio de los incidentes de un argumento principal, se proponen, discuten y resuelven problemas complejos, que interesan a la vez a la psicología, a la moral y a la metafísica. Obra sabia, en la que están refundidos, con profunda intención, tres objetos muy diferentes (el relato histórico, la discusión y el mito), Fedón es tan rico de contenidos, que el apelativo de sobre el alma que le dio la Antigüedad parece quedársele pequeño.
Fedón
| Autor | Platón |
|---|---|
| Portada | Ver portada |
| Editorial | Gredos |
| Año | 2014 |
| Idioma | Español |
| Encuadernación | Tapa blanda |
| Nº de páginas | 144 |
| ISBN | 9788424928148 |
Platón

Atenas, 427 - 347 a. C.) Filósofo griego. Junto con su maestro Sócrates y su discípulo Aristóteles, Platón es la figura central de los tres grandes pensadores en que se asienta toda la tradición filosófica europea.
Sus reflexiones sobre el alma
Existe un mundo inteligible, el de las Ideas, que posibilita el conocimiento, y un mundo sensible, el nuestro. Esa misma dualidad se da en el ser humano. El hombre es un compuesto de dos realidades distintas unidas accidentalmente: el cuerpo mortal (relacionado con el mundo sensible) y el alma inmortal (perteneciente al mundo de las Ideas, que contempló antes de unirse al cuerpo).
El cuerpo, formado con materia, es imperfecto y mutable; es, en definitiva, igual de despreciable que todo lo material. De hecho, la abismal diferencia entre el nulo valor del cuerpo y el altísimo del alma lleva a Platón a afirmar (en el Alcibíades) que "el hombre es su alma". Frente a la tosca materialidad del cuerpo, el alma es espiritual, simple e indivisible. Por ello mismo es eterna e inmortal, ya que la destrucción o la muerte de algo consiste en la separación de sus componentes. Las diversas funciones del alma confluyen en sus tres aspectos: el alma racional (lógos) se sitúa en el cerebro y dota al hombre de sus facultades intelectuales; del alma pasional o irascible (zimós), ubicada en el pecho, dependen las pasiones y sentimientos; y de la concupiscible (epizimía), en el vientre, proceden los bajos instintos y los deseos puramente animales.
Platón explicó el origen del alma mediante el mito del carro alado, que se encuentra en el Fedro. Las almas residen desde la eternidad en un lugar celeste, donde son felices contemplando las Ideas; marchan en procesión, cada una de ellas sobre un carro conducido por un auriga y tirado por dos caballos alados, uno blanco y otro negro. En un momento dado el caballo negro se desboca, el carro se sale del camino y el alma cae al mundo sensible.
Es decir, las almas se encarnaron en cuerpos del mundo sensible por una falta de su aspecto concupiscible (el caballo negro; el blanco representa el pasional o irascible), que la razón (el auriga) no pudo evitar. El alma, pues, se halla encarnada en el cuerpo por una falta cometida; de ahí que el cuerpo sea como la cárcel del alma. La unión de alma y cuerpo es accidental (el lugar natural del alma es el mundo de las Ideas) e incómoda.
El alma se ve obligada a regir el cuerpo como el jinete al caballo, o como el piloto a la nave. Sin embargo, su aspiración es liberarse del cuerpo, y para ello deberá aplicar sus esfuerzos a purificarse. Las almas que logren tal purificación regresarán al mundo de las Ideas tras la muerte del cuerpo; las que no, irán a la región infernal del Hades, donde, tras un período de tormentos (específicos para cada alma según las faltas cometidas), se les permitirá elegir un nuevo cuerpo en el que reencarnarse.
Fuente: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/platon.htm






