Obras póstumas
Obras póstumas
Hay ironías que parecen escritas por el mismísimo destino con pluma de médium. Una de ellas es que Allan Kardec, el fundador del espiritismo, logró algunas de sus confesiones más sinceras y agudas después de muerto. No por intervención ectoplasmática, sino gracias a un libro que vio la luz en 1869, meses después de su fallecimiento: «Obras póstumas».
Este compendio de escritos inéditos, notas personales y ensayos sin maquillaje editorial es algo más que un apéndice para fanáticos del éter. Es la trastienda intelectual del hombre que codificó el espiritismo como quien ordena el caos de una biblioteca polvorienta. En estas páginas, Kardec no aparece como el doctrinario impasible, sino como el pensador inquieto, a veces desgastado por su misión, otras veces sorprendentemente mordaz.
Aquí no hay mesas giratorias ni campanitas flotando en la oscuridad. Lo que hay es filosofía, ciencia y una sorprendente sobriedad. Kardec insistía en que el espiritismo no era un delirio místico, sino una doctrina basada en la observación y el razonamiento, un intento serio de reconciliar lo invisible con lo inteligible. Y lo decía con la tenacidad de quien defiende una tesis en una sala repleta de escépticos… y espíritus burlones.
Pero si sus libros más famosos –El Libro de los Espíritus o El Libro de los Médiums– son tratados meticulosamente construidos, Obras póstumas es más bien una conversación íntima con su conciencia. Y ahí está su valor: la doctrina se humaniza, el método se confiesa, y el profeta baja del podio para contarte sus dudas, sus predicciones sobre el futuro de la humanidad, y sus batallas contra la incomprensión y el fanatismo.
Porque Kardec no fue un iluminado con túnica, sino un pedagogo con los pies en la tierra y la cabeza en las estrellas. Como un jardinero de lo invisible, cultivó una idea radical: que la muerte no era un abismo, sino una etapa más del aprendizaje. En sus páginas habla de la reencarnación, del progreso del alma, del libre albedrío y de la justicia divina, no como dogmas, sino como hipótesis razonadas que invitan a pensar… o a reencarnarse pensando.
Y es que, en una época en que la ciencia se enamoraba de los hechos como un adolescente de su primer amor, Kardec se atrevió a invocar la espiritualidad con método, como quien hace alquimia con el corazón y la lógica. Esa antítesis –razón y fe, cálculo y consuelo– es quizás su mayor audacia.
Obras póstumas, entonces, no es un epílogo. Es un umbral. Un libro para espíritus encarnados que aún buscan sentido entre el escepticismo moderno y el anhelo de trascendencia. Y, por qué no, un recordatorio de que a veces los muertos tienen más que decir que los vivos… especialmente si antes fueron lúcidos y testarudos como Allan Kardec.
Sinopsis de Obras póstumas
Obras póstumas, es un compendio de breves pero interesantes estudios hallados en las carpetas personales de Allan Kardec y otros trabajos que fueron publicados en la Revista Espírita, los cuales la Sociedad Anónima Propagadora del Espiritismo se encargó de reunir y publicar en un volumen en español. Entre ellos figura un recomendable estudio sobre la naturaleza de Cristo, así como sobre la manifestación de los Espíritus, las cinco doctrinas que son otras tantas alternativas de la humanidad y donde Kardec reseña, sintéticamente, su gigantesca labor al frente del naciente movimiento espírita que lo tenía por jefe, concluyendo por dejar establecidas sabias previsiones que formulara para la marcha futura del Espiritismo en lo que da en llamar la «Constitución del Espiritismo».
Obras póstumas
| Autor | Allan Kardec |
|---|---|
| Portada | Ver portada |
| Editorial | Plaza Editorial |
| Año | 2013 |
| Idioma | Español |
| Encuadernación | Tapa blanda |
| Nº de páginas | 276 |
| ISBN | 9781482334548 |
Allan Kardec

Allan Kardec, seudónimo de Hyppolyte Leon Denizard Rivail, (Lyon, 3 oct. 1804 –París, 31 mar. 1869). Codificador del espiritismo y pedagogo. Hijo de un abogado, comenzó sus estudios en Lyon, completando su educación en letras, ciencia y medicina en el Instituto Pestalozzi de Yverdon (Suiza).
Poseedor de una inteligencia penetrante y amplio espíritu observación. Rivail captó la simpatía de Pestazzoli, quien lo designó su colaborador. Tenía 19 años cuando comenzó a ocuparse del magnetismo, y más tarde, interesado por el misterio de las mesas giratorias, tomó contacto con el mediumnismo dedicándose desde 1850 de lleno a su estudio.
En 1856, influenciado por unas supuestas comunicaciones de un espíritu que decía ser su guía protector y le reveló que debía cumplir una gran misión, se abocó con gran fervor a la difusión y codificación de la causa espírita.
Adoptó el seudónimo de Allan Kardec (nombre que había llevado en una reencarnación anterior en tiempos de los druidas) y publicó en 1857 Le livre d’esprits, su obra fundamental, que alcanzó enorme difusión y se convirtió en texto básico de la doctrina. Poco antes de morir sentó las bases de una organización que debía continuar su obra. Por su doctrina filosófica, método científico y moral universal, las enseñanzas espíritas de Allan Kardec obtuvieron rápida difusión por todo el mundo, conquistando millones de adherentes.
Fuente: https://www.lavanguardia.com/libros/autores/allan-kardec-45115





