
En una época en que las videollamadas sustituyen abrazos y los afectos viajan por Wi-Fi, no debería sorprendernos que también la energía haya aprendido a saltarse la distancia. El Reiki a distancia se mueve precisamente en ese territorio invisible: el de lo intangible que, sin embargo, se siente.
Todo está conectado —dicen los antiguos maestros— por una red sutil que no entiende de kilómetros ni relojes. Desde esa visión, enviar energía a otra persona sin estar presente no es fantasía mística, sino una consecuencia natural de lo que somos: vibración, intención, conciencia. Y, claro, un poco de fe.
¿Qué es realmente el Reiki a distancia?
El término Reiki nace del japonés: Rei, lo universal; Ki, la energía vital. En una sesión tradicional, el practicante canaliza esa corriente a través de las manos, como quien abre una ventana para dejar entrar el aire. Pero cuando el contacto físico desaparece, la esencia del acto sigue intacta: lo que cambia es el puente.
En lugar de piel, se usa vibración. En lugar de proximidad, conexión simbólica.
El practicante invoca un antiguo símbolo —Hon Sha Ze Sho Nen, que suena casi como un mantra para la eternidad— y desde allí la energía viaja, obediente solo a la intención más pura: el bienestar del otro.
El mecanismo invisible
Desde la mirada energética, la distancia es una ilusión: un espejismo de la materia. Cuando alguien envía Reiki a distancia, en realidad sintoniza con la frecuencia del receptor, como dos notas que se buscan en la misma escala. Y entonces sucede: la energía fluye hacia donde se necesita, sin pedir permiso ni pasaporte.
Los efectos, curiosamente, se parecen a los de una sesión presencial. Muchos describen una oleada de paz, calor o somnolencia, como si el cuerpo recibiera una visita silenciosa. Otros lloran, se liberan, se sienten más ligeros.
La energía, caprichosa pero sabia, sigue actuando horas o días después, acomodando el alma como quien ordena un cuarto en penumbra.
Beneficios más allá del cuerpo
Reiki a distancia equilibra, suaviza, aquieta.
Reduce ansiedad, favorece el descanso, aligera el peso de las emociones. También puede enviarse a un propósito o a una relación —sí, incluso a ese amor en pausa—, porque la energía no distingue entre lo que es carne y lo que es idea.
Eso sí: el Reiki no reemplaza a la medicina, aunque puede acompañarla. Si el cuerpo es el hardware, la energía es el software que le recuerda cómo funcionar con armonía.
Cómo practicarlo con respeto
- Prepara el espacio. Silencio, orden y una vela bastan. No se trata de ritualizar, sino de disponerse.
- Centra tu energía. Respira, conecta con el corazón, siente tu propio pulso antes de tocar el del universo.
- Visualiza al receptor. No como una foto fija, sino como un ser luminoso que ya está recibiendo lo que necesita.
- Declara tu intención. Con o sin símbolos, la clave está en la pureza del deseo: “Envió energía de amor y sanación para el mayor bien de…”.
- Deja fluir. El Reiki no necesita que lo dirijas; basta con no obstaculizarlo.
- Agradece. Porque agradecer es la manera más elegante de cerrar un acto sagrado.
Epílogo: el puente invisible
El Reiki a distancia es una paradoja moderna y ancestral a la vez: sanar sin tocar, acompañar sin estar. Nos recuerda que la materia no es una frontera, sino una excusa. Que cuando la intención nace del corazón, la energía viaja con la precisión de una flecha que siempre encuentra su blanco.
En el fondo, practicarlo es una forma de ternura cósmica: un gesto sencillo que dice “estoy contigo”, incluso cuando los cuerpos están lejos.





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